4 abril, 2012

La explosión del “convenience”

 

Cualquiera que haya pasado la etapa universitaria lejos del hogar paterno sabe lo difíciles que son esos años por la competencia que se crea entre compañeros de piso o de aula.

Todos quieren ser los mejores, aspiran a lo máximo, intentan destacar por encima de la media.

No, no nos referimos a llegar a número uno de la promoción, a ser el ojito derecho del profesor o convertirse en el representante de los alumnos en el consejo escolar.

Estamos hablando de la guerra de tarteras.

Los autobuses, trenes y, de un tiempo a esta parte, los vuelos low cost se llenan cada domingo o cada ultimo día de las vacaciones de estudiantes universitarios que atiborran su maleta de guisos caseros –cocinados por madres, padres o abuelos– con los que sobrevivir hasta una nueva visita a la casa familiar. Una vez en el lugar de destino, las albóndigas de la madre de uno compiten con el rollo de bonito del padre de su compañero hasta que, pasados unos días y vaciado el congelador, vuelven a sobrevivir a base de platos preparados, latas de atún, agua del grifo y esporádicas visitas a los comedores universitarios.

Las nuevas generaciones carecen de la cultura gastronómica y el conocimiento culinario de antaño lo que, unido a la sensación de que cocinar es “perder el tiempo”, a la mejora de la calidad de las comidas preparadas y a otros factores socioecónomicos, ha supuesto un aumento extraordinario de este mercado. Así se recoge en el informe “Oportunidades del convenience en el mercado español”, elaborado por AECOC y presentado recientemente en Alimentaria 2012. Un dato de este estudio resulta revelador: “Mientras el consumo de alimentos ha crecido un 13 % en los últimos 20 años, el consumo de platos preparados se ha incrementado un 350 %”.

Los platos preparados son el futuro, como también lo es, en general, el mercado de conveniencia –algún día hablaremos de las traducciones literales y los false friends del sector alimentario– vinculado a una idea de ahorro económico, de tiempo y de esfuerzo físico o mental. No nos engañemos, tendemos a hacernos cada vez más cómodos y por ello progresa –y seguirá progresando– este mercado que en el citado estudio se define “en relación a la capacidad de ahorro que fabricantes, detallistas y restauradores pueden ofrecer de forma real y percibida a su cliente final en las diferentes fases del proceso de decisión y compra del producto o servicio”.

Porque esos estudiantes –es decir, nosotros– terminan, un poquito más flacos y desnutridos, su etapa universitaria y, al incorporarse al mercado laboral, ya no disponen de tiempo, conocimiento ni ganas de cocinar y lo que desean es poder comprar a cualquier hora, en cualquier parte, en el formato más cómodo posible.

Eso, al menos, hasta que vuelven a la casa familiar a rellenar la tartera.

 

D. Barreiro – eurocarne

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